miércoles, 29 de febrero de 2012

Setentistas y Ochentistas

Por Alejandro J. Lomuto

Hace algunos años leí con avidez Fernández, la novela de Jorge Fernández Díaz. El primer impulso fue, si se quiere, bastante lineal: en el anticipo publicado por el diario La Nación había unas cuantas cosas que me resultaban familiares y, por si hiciera falta, junto a ese fragmento el autor explicaba: “Es un personaje literario que se me parece (...) Está formado por los hitos y circunstancias de mi generación: chicas y muchachos que nacimos alrededor del ’60, que éramos pibes desinformados el 24 de marzo de 1976, que descubrimos la política cerca de la Guerra de Malvinas, que vivimos la euforia de la democracia...” Igual que Fernández Díaz, nací en 1960, viví hasta pasada mi adolescencia en una de las zonas menos acomodadas de Palermo y soy periodista.


Pero el escritor agregaba algo que se convirtió en una motivación más profunda no sólo para leer y releer la novela, sino además todas las declaraciones que él hizo sobre ella: “... caímos en la enfermedad de no creer en nada. Sin Dios, sin ideología ni compromisos colectivos, admirando y detestando a los setentistas, mi generación se dedicó luego al éxito y a la realización personal, y atraviesa hoy la llamada ‘crisis de la mitad de la vida’”.


Esa afirmación me hacía ruido. Es cierto que creo en muchas menos cosas que en las que creía entonces, cuando “descubrimos la política cerca de la Guerra de Malvinas” y “vivimos la euforia de la democracia”, pero no que no creo en nada. Soy agnóstico, pero no carezco de ideología y compromisos colectivos. Jamás admiré a los setentistas y mis aspiraciones de éxito y realización personal fueron bastante moderadas, sobre todo si se las compara con las exhibidas públicamente por varios notorios setentistas que en los ’90 fueron menemistas y hoy son kirchneristas sin sonrojarse por tanto transformismo. Por supuesto, estoy atravesando la crisis de la mitad de la vida.


No obstante, no podía encontrar argumentos suficientes como para refutar esa sensación que no es exclusiva de Fernández Díaz sino que percibo también en muchos de mi generación: una especie de culpa por no haber sido tan idealistas ni épicos como los setentistas.


Como sucede a veces, hallé esos argumentos cuando había dejado de buscarlos, mientras indagaba sobre las consecuencias, un cuarto de siglo después, de la restauración democrática de 1983.
Comencé a hacerme las preguntas previsibles a la hora de formular un balance de esa naturaleza y a casi todas ellas me respondí con negativas: con la democracia no necesariamente “se come, se cura y se educa”, como nos habíamos ilusionado escuchando a Alfonsín; las instituciones de la República funcionan muy deficientemente o no funcionan; la continuidad constitucional no ha generado una dirigencia mejor, a la altura de los complejos requerimientos de la época, sino, al contrario, parece haber dado lugar a que se consolidara una burocracia corrupta y atrasada; las prácticas democráticas son a menudo vaciadas de contenido –en las últimas dos elecciones presidenciales no hubo una sola fórmula elegida por el voto de los afiliados a los partidos políticos y en la anterior rigió de hecho la ley de lemas, aunque no está permitida por la legislación electoral–, y ni siquiera es posible evitar un golpe de estado, como ocurrió en 2001, aunque entonces la consecuencia no haya sido la instauración de un régimen de facto.


Justamente por allí creí encontrar una pequeña luz: en los últimos 25 años no hubo en la Argentina un solo gobierno de facto, aun cuando más de un presidente elegido por los votos haya tensado la cuerda todo lo que pudo para neutralizar la independencia de los otros dos poderes, la de la oposición y hasta, en algún caso, la de la prensa.


Mi primera y penosa conclusión fue que más de un cuarto de siglo después, la Argentina sigue aún en transición hacia la democracia; aunque, al mismo tiempo, que no haya habido en ese lapso un gobierno de facto representa indudablemente un cambio cualitativo importante –y, desde luego, positivo– en relación con el resto de la historia argentina.
Sin embargo, como este último fenómeno no se explica por sí mismo, debía encontrar la causa y creo que ésta fue la toma de conciencia colectiva sobre el horror de la violencia política. Han corrido barriles de tinta y toneladas de papel para describir y calificar las atrocidades perpetradas por el gobierno militar de 1976-83, pero casi nunca se ha interpretado que fueron la evolución extrema –grotesca y cruel, es cierto– de una cultura que, desde la fundación misma de la Nación, consideró a la vida humana como variable de ajuste de la política.


La lista de crímenes políticos –expresión falaz destinada a pretender que el adjetivo atenúe la gravedad del significado del sustantivo– es interminable, desde el fusilamiento de Liniers, en julio de 1810, y el probable envenenamiento, en marzo de 1811, de Moreno, cuyo Plan revolucionario de operaciones postulaba observar “la conducta más cruel y sanguinaria con los enemigos de la causa” y aplicar “la pena capital” ante “la menor semiprueba de hechos, palabras, etc., contra la causa”.
No ha habido, prácticamente, período alguno de la historia argentina previo a 1983 libre de crímenes con motivaciones políticas. Y en esa escalada, si se excluyen el último gobierno de facto y su macabro antecedente inmediato, la Triple A, la máxima expresión de violencia política, y la más sistemática, fue la puesta en práctica por los setentistas idealistas y épicos.


Todo lo narrado me llevó a dos conclusiones. La primera, que la consecuencia más importante de 1983 es que la sociedad argentina dejó de considerar a la vida humana como variable de ajuste de la política (lo cual no significa, lamentablemente, que hayan desaparecido de la vida del país otras formas de violencia política). Por supuesto, no creo que mi generación tenga más mérito que las demás con respecto a este cambio, pero, al menos, sí que es, cronológicamente, la primera libre de ese pecado.


Y la segunda es que ahora puedo explicar claramente por qué no siento culpa por no haber sido un setentista idealista. Nunca me hizo gracia pensar en la vida humana –que en estos casos siempre es la ajena, la del que no piensa como uno– como un bien sacrificable en pos de un objetivo político. Y no creo que tenga sentido, salvo para quienes se dedican al arte en cualquiera de sus formas, “elevar las cosas sobre la realidad sensible por medio de la inteligencia o la fantasía”, tal como la Real Academia define al vocablo “idealizar”. Déjenme con mi ochentista pragmatismo, que según la misma fuente no significa ausencia de principios y valores sino “movimiento filosófico (...) que busca las consecuencias prácticas del pensamiento y pone el criterio de verdad en su eficacia y valor para la vida”

¿Existe todavía la Nación Argentina?

Por César Grinstein

Nunca la confusión es madre de las buenas ideas. Tampoco auspicia prístinas comprensiones o cursos de acción efectivos.
Creo advertir que lo anterior se aplica tanto a individuos como a su resultado agregado, es decir, las sociedades.
Distinguir con claridad es, tal vez, el paso primero de la inteligencia. Intelegir es, ante todo, darse cuenta de las diferencias y, sólo después, articular esa diferencias en forma coherente con los objetivos y alineada con los valores.
La inteligencia resultará imposible si no somos capaces de advertir distintos matices, formas o conceptos. Todo terminará resultando lo mismo, igual, monótono. Y nuestra capacidad de intervenir resultará maltrecha, sino inexistente.

Este breve preámbulo permite acometer con cierta esperanza la pregunta del título. ¿Existe todavía la Nación Argentina?
Para contestarla con pretensiones de inteligencia, hagamos primero algunas distinciones.
Consideremos las diferencias entre los conceptos de Estado, Gobierno, País, y Nación.

El Estado es el aparato administrativo de una sociedad. El conjunto de organismos, instituciones, dependencias, que conforman la estructura de una administración. Su diseño provee el punto de partida necesario para evitar la anarquía.

El Gobierno está conformado por el conjunto de individuos que ocupan los cargos y realizan las funciones que demanda el funcionamiento del Estado. Estos individuos pueden cambiar, y de hecho en las democracias republicanas así sucede, sin que por ello el Estado cambie.

Esta primera distinción entre Estado y Gobierno es decisiva y, lamentablemente, no siempre del todo comprendida.
Es gravísimo cuando la incomprensión afecta a los funcionarios, porque los convierte en tiranos. Y es trágica cuando contagia a los ciudadanos, porque los convierte en esclavos.

Mientras que el Estado tiene una permanencia en el tiempo que no debe estar sujeta a circunstanciales preferencias políticas, la naturaleza del Gobierno, cuando es democrático y republicano, subyace, precisamente, en estar sujeto a tales vaivenes.
En una sociedad democrática y republicana, mientras que los cambios en el Estado son esporádicos, excepcionales y siempre sujetos a una ley fundamental (la Constitución de dicho Estado), los cambios de Gobierno son la esencia misma de su razón de ser, su dinámica intrínseca y saludable.
En una sociedad sana, los cambios en el Estado responden a la Constitución (de gran permanencia en el tiempo), mientras que los cambios en el Gobierno obedecen a preferencias políticas (siempre afectadas por la temporalidad).

La Nación, por su parte, es un concepto totalmente diferente. Es el conjunto de ideas centrales, fundacionales y constitutivas de una sociedad. Es la ideología que amalgama a los individuos, haciendo de ellos ciudadanos que coordinan sus acciones sujetos a un conjunto de valores, virtudes y comportamientos que han elegido como "su manera de vivir juntos".
La Nación es una historia común a todos, pero no se agota en ello. Es la historia de los hechos acaecidos a una sociedad, básicamente los hechos fundacionales de una sociedad, su manera de articular tales hechos, y el conjunto de respuestas que los individuos que componen esa sociedad eligieron dar, actuando coordinadamente en conjunto, para responder a tales hechos.
Estas respuestas, estas acciones coordinadas, responden a un conjunto de valores. Y para que la Nación permanezca, los valores deben permanecer en el tiempo. Un conjunto de verdaderos Valores, si bien puede no ser eterno, es lo que más se aproxima a merecer tal adjetivo.

Nación no es País. No es geografía.
Puede existir una Nación aún cuando carezca de geografía que la cobije. Claro que esta carencia dificultará la supervivencia de la Nación, la hará más trabajosa. Pero no la impedirá.
Nación no es un conjunto de ríos, montañas o praderas. Nación es, por sobre todas las cosas valores comunes y comportamientos coordinados alineados con tales valores.

Así vistas las cosas, creo que no es demasiado aventurado preguntarse si existe aún la Nación Argentina.
Me apresuro a dar mi punto de vista.
Creo advertir que la Nación Argentina si no ha desaparecido, cuando menos ha quedado detenida, hibernando en el mejor de los casos, en algún momento de la  historia del siglo XX.
Me cuesta mucho reconocer, en los comportamientos más generalizados de la actualidad, la permanencia de aquellos valores que fueran semilla de la Nación Argentina.
Valores como el respeto, el esfuerzo, la ética del trabajo, la valorización de la educación, no parecen inspirar hoy en día a gran parte de la ciudadanía.
Esto, en el plano individual y privado.
En el orden público, hace ya mucho tiempo, demasiado, que la conducta de las personas que conforman los Gobiernos ha dejado de reflejar valores como el respeto a la libertad, la observación de conductas éticas, o la aceptación de ideas diferentes a las propias.
Y las ideas fundacionales que hicieron de la Nación Argentina una República, han sido abandonadas impunemente.
La división de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial ha sido gradualmente abandonada, para dejar lugar al Unicato.
Y cuando la democracia olvida los valores republicanos, se vuelve la dictadura de la patota.

Creo advertir que todo lo que queda de lo que en un momento fue la Nación Argentina es el lugar geográfico, más o menos inmutado, que alguna vez la cobijó. Existe el País Argentina, que casi irónicamente ostenta el nombre de República Argentina. Pero ya no existe la Nación Argentina.

Tal vez la tarea heroica de estos tiempos sea rescatar del olvido aquellos principios que parieron a la Nación Argentina. Despertarla del ostracismo, el olvido y el letargo.
Ubicar el momento de la historia en que la fuimos dejando de lado. Y encontrar nuevas respuestas, acciones coordinadas alineadas con aquellos valores, para responder al desafío de recuperar la Nación Argentina.
Puede que este sea el desafío de estos tiempos. Ser inteligentes, distinguir, tal vez sea el primer gran paso.